La obediencia Así también Cristo no se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino que fue constituido por aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy»; como dice también en otro lugar: «Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec». En los días de su carne, Jesús ofreció oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas a aquel que podía salvarle de la muerte, y fue escuchado debido a su reverencia. Aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció. Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen, siendo designado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. (Hebreos 5:5-10) Cuando Jesús murió por nuestros pecados, sufrió una muerte agónica. No solo fue acusado falsamente, sino también negado y abandonado por sus propios discípulos. Fue objeto de burlas, abofeteado, escupido en el rostro y cruelmente azotado durante el juicio. Finalmente, fue despojado de sus vestiduras y crucificado ante la multitud que se burlaba de él. Además de la agonía física, incluso Dios apartó su rostro de él, lo que significa que Jesús, el Hijo de Dios, fue abandonado por Dios Padre. Por tanto, para Jesús no fue solo una muerte física, sino también una muerte espiritual. No es de extrañar que Jesús suplicara tres veces a Dios que apartara de él aquella copa, pues era demasiado amarga para soportarla. A menudo centramos nuestra atención en cómo Cristo fue castigado por Dios a causa de nuestros pecados. Sin embargo, la Biblia profetizó sobre los sacrificios de Cristo más allá de lo mencionado, tal como se describe a continuación: Todos nosotros nos descarriamos como ovejas; cada cual se apartó por su camino; mas el Señor cargó en él la iniquidad de todos nosotros. Fue oprimido y afligido, pero no abrió su boca; como cordero que es llevado al matadero, y como oveja que ante sus esquiladores enmudece, así no abrió su boca. (Isaías 53:6-7) Esto enfatiza que Cristo fue obediente, como un cordero y una oveja, cuando fue sacrificado. Sabemos que Jesús fue obediente a Dios, tal como la Biblia lo describe en múltiples ocasiones, como en el siguiente pasaje: Entonces Jesús les dijo: «De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente». (Juan 5:19) Sin embargo, el autor de la carta a los Hebreos enfatizó que Cristo aprendió obediencia mediante lo que sufrió. Entonces, ¿por qué Jesucristo, el Hijo de Dios, quien fue hecho perfecto, aún necesitaba aprender obediencia a través de su sufrimiento? Esto fue como en el caso de Job. La Biblia describe a Job de la siguiente manera: Hubo un hombre en la tierra de Uz llamado Job; y era aquel hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal. (Job 1:1) Job era perfecto; incluso Dios lo afirma en la Biblia, como se muestra a continuación: Y Jehová dijo a Satanás: «¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?» (Job 1:8) No obstante, a raíz del desafío de Satanás, Dios permitió que este pusiera a prueba a Job. Job atravesó entonces una dura prueba impuesta por Satanás. Al igual que Jesús, Job fue perfeccionado a través del sufrimiento, tal como se describe a continuación: «De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza». (Job 42:5-6) La única diferencia fue que Job cuestionó a Dios durante su prueba. Jesús, en cambio, fue obediente como una oveja. ¿Por qué es tan importante la obediencia? Sabemos que Adán, Eva y Satanás fueron creados por Dios. Al principio, todos eran perfectos. Sin embargo, Eva quiso ser tan sabia como Dios; por eso, ella y Adán comieron del fruto del conocimiento del bien y del mal, contraviniendo el mandato divino. Satanás quiso ser tan glorioso como Dios, así que incitó a una tercera parte de los ángeles a rebelarse contra Él. A causa de ellos, todos heredamos una naturaleza pecaminosa. Por tanto, el pecado no significa meramente una conducta atroz contraria a la moral, sino rebelión y desobediencia hacia Dios. Jesús, por su parte, también fue hecho perfecto; sin embargo, no se exaltó a sí mismo como sumo sacerdote de Dios. En cambio, se humilló para convertirse en un sacrificio humilde a fin de cumplir la justicia divina. Mediante su humildad y obediencia, pudo redimirnos de nuestro pecado. No solo venció el orgullo de Satanás —con todas sus mentiras, excusas, tentaciones y acusaciones—, sino que también nos liberó de la esclavitud de los deseos egoístas y de la iniquidad provocados por el pecado cometido por Adán y Eva. Jesús ya ha hecho la parte difícil por nosotros. Lo único que debemos hacer es creer en Él y permitir que el Espíritu Santo nos guíe para cumplir con nuestra parte. Aunque tengamos que atravesar dificultades, esto nos ayudará a evitar la desobediencia pecaminosa descrita en la Biblia. Puesto que Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros con la misma actitud, pues quien ha padecido en la carne ha dejado de pecar, para vivir el tiempo que resta en la carne no ya para las pasiones humanas, sino para la voluntad de Dios. (1 Pedro 4:1-2) Con el tiempo, seremos cada vez más obedientes, como Jesús. Emanuel. (Para regresar, seleccione <- en la barra de herramientas)